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lunes, 24 de octubre de 2011

MÚSICA Y POESÍA: EL CANTO
























MÚSICA Y POESÍA: EL CANTO

Cuando dos bellas artes: la Poesía y la Música, se unen, surge el Canto. Es pues el Canto la máxima manifestación poética existente. No hay preferencia de una frente a otra, unas veces se crea una música para un poema y otras se hace un poema o se escribe un libreto a una música ya dada…
El ser humano canta desde los primeros tiempos de su andadura por el mundo…Es una manifestación natural de todos los humanos.
El Hombre ha sentido esa necesidad y eso ha hecho que a través de la historia se haya podido ver como cada grupo, cada aldea, cada pueblo, cada país, se manifiesta musicalmente como si fuera una necesidad imperiosa e imprescindible y en realidad así lo es.
Esto me impresiona y me sobrecoge porque veo palpablemente que el arte es algo consustancial con el alma humana. El ser humano canta porque necesita expresar sus sentimientos de gozo o de dolor…su alma así se lo demanda y eso es algo místico porque se produce de dentro hacia afuera de su ser y en el oyente produce una emociones que tienen un camino inverso, van del cantor directamente a su alma, he ahí la valía del canto.
En la antigüedad eran muy apreciados los cantores, de tal forma que cuando unos pueblos invadían a otros, normalmente se producía una masacre…menos con los músicos, éstos eran sagrados y los cuidaban como seres muy valiosos, entre otras cosas porque eran los transmisores orales de la historia. Ellos cantaban las gestas de sus antepasados que había recibido por tradición oral y el pueblo vencedor los guardaba celosamente y pasaban a formar parte de su historia. Qué belleza ¿verdad?...
Pero cantar no es solo cosa de profesionales, cantar es una manifestación innata y por ello sería bueno no desaprovechar esta forma de hacer música, cualquiera que pueda hablar puede cantar. Y es ahí donde quiero hacer unas consideraciones.
Hoy día es muy raro que alguien cante en su casa como hacían nuestras madres y abuelas que tantas canciones cantaban y tantas cosas nos enseñaban de una forma sencilla. Era esa necesidad atávica de pasar el testigo del “clan” a su prole, igual que el hombre primitivo, porque el alma humana no entiende de edades cronológicas ni de modas. Mis recuerdos de mi madre cantando canciones de su tierra, Galicia, me quedaron para siempre grabadas en mi mente y puedo recordar perfectamente esas canciones que escuchaba con agrado cuando yo era una niña pequeña y a veces, cuando las cosas no me han ido bien y la tristeza invade el alma, sentía la necesidad de cantarlas como si ellas me acogieran lo mismo que podría hacer mi madre cuando yo era niña.
Me viene a la memoria esta hermosa canción llena de ternura que ella cantaba, añorando su tierra y que siempre me ha proporcionado una inmensa sensación de protección cuando los sucesos de la vida entristecen el alma:

“Miña nai, miña naiciña
Como miña nai, ninguna,
Que me quentaba’cariña
Co calorciño da sua….”

“Mi madre, mi madrecita
Como mi madre ninguna
Que me calentaba la carita
Con el calorcito de la suya”

O cuando mi padre me sentaba en sus rodillas y enseñándome libros de pájaros que me encantaban, silbaba las melodías que mostraban en caracteres musicales del canto de los jilgueros, de los canarios, del ruiseñor… y todo eso no era otra cosa que hacer música, esa música que queda en el niño como algo que nunca lo podrá olvidar, quedará en su alma hermosamente grabado para toda la vida.
No nos dejemos llevar por las prisas y las miles de dificultades que nos encontramos en esta sociedad de hoy día. Hagamos un huequecito para cantar con nuestros hijos, enseñarles esas canciones que tanto nos gustaban, y jugar con ellos cantando canciones que sabemos y queremos transmitir, así como también jugar con la música y crear, a partir de frases o poemas nuestras propias canciones, con complicidad, y que queden como signo de unión entre nosotros, porque son y serán siempre ya “nuestras canciones” esas que nosotros con nuestros hijos o nietos hemos creado y son el símbolo de unión que no se borrará nunca.
De esta forma nosotros seremos felices recordando esa música que manejábamos y transmitiéndolas a nuestros hijos se sentirán satisfechos de poder conocer algo de cuando nosotros éramos como ellos y, a su vez, nuestros padres, serán felices de recordar también cuando ellos eran lo que nos enseñaban esas canciones.
Es muy interesante para la salud del anciano cantar canciones de su juventud porque esas, por muy poca memoria que tengan, seguro que no las tiene olvidadas y será un ejercicio fantástico para ejercitar la memoria a la vez que recordarán esos momentos felices con canciones de su juventud, quizás de cuando se enamoraron y rememorar momentos inolvidables.
Que la civilización y la globalización no nos arrebaten nuestras cosas bellas, nuestras manifestaciones propias que son el sello de nuestra idiosincrasia.
Estas imágenes que hoy acompañan mi artículo son las que mi padre me enseñaba y las quiero compartir con vosotros. Él, con sus leves conocimientos musicales, reproducía silbando el canto de ese ruiseñor. Son las genuinas que he escaneado de ese libro que todavía conservo como un hermoso tesoro.





María Dolores Velasco

1 comentario:

Susi Eguia dijo...

Ciertamente así es, si perdemos nuestras tradiciones y nuestra cultura perderemos nuestra identidad. Tú lo dices y es cierto. Ojalá que todos hagamos un esfuerzo por pequeño que sea para que esto no suceda.
Precioso tu artículo y muy entrañable. Me ha gustado mucho.
A veces, me pierdo la lectura de muchos de ellos por falta de tiempo y es una pena. Procuraré que no me pase demasiado a menudo.
Un abrazo.